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Palestina Sin excusas: luchemos contra el bloqueo de Gaza |
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El 14 de junio Hamas ocupaba las sedes de todos los servicios de seguridad a Gaza. El movimiento precipitó lo que la jerarquía de Al-Fatah, encabezada por Mahmud Abbas, intentaba desde hace un año: recuperar el control del Gobierno y echar a Hamas, el partido elegido en las urnas por una amplia mayoría de palestinos, que rechazaron la corrupción y las cesiones permanentes a Israel deFatah. Al día siguiente de la constitución de un gobierno ilegal de excepción, Israel, EE.UU. y la UE "premiaban" a Abbas con un levantamiento parcial del bloqueo sobre Cisjordania, mientras anunciaban que ahogarían todavía más al pueblo de Gaza, que lleva un año inmerso en la miseria y que ha visto como lo que era una prisión se ha convertido en una enorme jaula sin futuro.
El "golpe de estado" de un gobierno electo La ocupación por Hamas de los cuerpos de seguridad a Gaza se ha querido vender como un golpe de estado. Pero, ¿cómo es posible calificar de golpista a un gobierno que ha ganado en las urnas? Todos, desde la Fundación Carter hasta los observadores internacionales de la UE, pusieron las elecciones del 28 de enero de 2006 en Palestina como un ejemplo casi único de democracia en el mundo árabe. Pero dos meses más tarde el resultado de las elecciones conducía a un castigo colectivo, en forma de bloqueo político y económico internacional, que condenaba a los estratos populares de la franja al hambre, el paro y la pobreza. El bloqueo era impuesto por Israel, EE.UU., la UE, la ONU y Rusia (el llamado Cuarteto)... por el "crimen" de haber elegido a un partido que no era de su cuerda. Los palestinos votaron mayoritariamente por Hamas porque estaban hartos de la jerarquía corrupta de Fatah, que no ha dejado de colaborar con Israel a cambio de millonarias prebendas, de detener y entregar al ocupante a quienes se oponían a su política, de imponer el orden con decenas de cuerpos policiales y parapoliciales controlados por auténticos clanes mafiosos armados y entrenados por los servicios de seguridad israelíes y norteamericanos, y de ceder todos los principios fundacionales de la lucha palestina: el no reconocimiento del Estado de Israel por ser un ente colonial, racista y expansionista, el derecho al retorno de los refugiados y la lucha por una Palestina laica y unificada. Israel y el imperialismo exigieron a los palestinos unas elecciones democráticas para constituir un gobierno. Las hicieron, pero el resultado no dio el poder a sus policías a la zona, sino alguien que se enfrentaba a sus planes. "Las elecciones las carga el diablo... y el tiro puede salir por la culata", ironizaba un trabajador palestino que encontramos en Gaza el pasado Primero de Mayo, cuando participábamos una delegación sindical contra el bloqueo y en apoyo a las organizaciones obreras que escapan al control de Hamas y de Fatah. Primero se impuso el bloqueo de la miseria, mientras el Imperialismo rearmaba sus policías para recuperar el control de la situación. En octubre empezó la ofensiva de Abbas para vencer Hamas por la fuerza. El resultado fueron más de 200 muertos a Gaza en enfrentamien-tos interpalestinos. "Guerra civil" lo llamaban, pero no era más que (ahora sí) un golpe de estado para volver las cosas a su lugar: el orden del imperialismo. Pero Abbas tuvo que retroceder porque su partido se hacía añicos. Fatah es un movimiento nacional que agrupa facciones diversas y muchos se negaron a derramar sangre palestina para obedecer a las instrucciones del Tío Sam y de Israel. Al otro lado las cosas tampoco estaban demasiado claras, porque la derrota militar de Israel en el sur del Líbano ante las milicias de Hezbollah en verano, que demostraron que el quinto ejército más poderoso del mundo no es invencible, abrió una crisis política que todavía no se ha cerrado. Se impuso una tregua: se formaba un "gobierno de unidad nacional", con Hamas y Fatah, que sólo podía ser viable si servía para poner fin al bloqueo internacional. Pero no fue así, y tanto Israel como el Cuarteto declararon que no era suficiente. Y mientras continuaba el ahogo económico desde el exterior, Fatah seguía controlando todos los cuerpos de seguridad de Gaza. La situación se hizo insostenible: miles de funcionarios llevaban un año sin cobrar su sueldo, el paro alcanzaba el 80% y la situación a las calles era explosiva. Algunos movimientos alertaron a Hamas de que se preparaba una nueva ofensiva: Mohamed Dahlan, que durante años ha hecho el trabajo sucio de golpear a la resistencia interna desde los cuerpos de seguridad de Gaza, viajaba a Egipto para obtener más armas del imperialismo. Hamas movió ficha antes de que fuera demasiado tarde y Fatah no hizo nada para evitarlo (los principales dirigentes directamente abandonaron la franja), porque ahora su plan es completar la desconexión de Gaza y Cisjordania, en acuerdo con EE.UU. e Israel, que inmediatamente le prometieron todas las ayudas. Con este apoyo, Abbas se ha vuelto a ver con fuerza suficiente para, vulnerando la misma constitución palestina, echar a Hamas de las instituciones y establecer un gobierno "de emergencia". Pero en realidad se trata de un gobierno de excepción. No es casual que Abbas tuviera problemas para encontrar a alguien dentro su propio partido dispuesto a encabezar este gobierno: sus primeros cinco candidatos se negaron en público a aceptar la oferta. Tuvo que recurrir a Salam Fayyad, que no puede ofrecer precisamente un gran currículum como luchador de la causa palestina: ha sido alto funcionario del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial y tiene nacionalidad norteamericana. En las elecciones de enero Fayyad era candidato a diputado y obtuvo el 2,4% de votos en su demarcación. Quién es, pues, el golpista? Las "contras" del Imperialismo en Oriente Medio Palestina no es el único lugar dónde hoy las grandes potencias intentan apoyarse en "su hombre" sobre el terreno para sembrar la división y combatir la resistencia de los pueblos contra sus planes. Y aquí no hay ningún escrúpulo democrático. Hamid Karzai, cara pública del gobierno afgano formado por señores de la guerra y la mafia del opio, o Nuri Al Maliki, cabeza del gobierno títere de Irak, son los ejemplos más claros. En Líbano, la fuerza de Hezbollah impide al gobierno de Fouad Siniora ir más allá en su apoyo a Bush. Fuera del área, pero interviniendo directamente en el conflicto del Afganistán, tenemos al golpista Musharraf, presidente de Pakistán, que cuenta con el apoyo occidental incluso para llenar sus arsenales nucleares. Esto tampoco es nada nuevo: desde hace décadas hay un estrecho acuerdo entre el imperialismo y las monarquías absolutas de Arabia Saudí y Jordania o con la dictadura de Egipto. Sólo Siria e Irán se niegan a bailar la misma danza, y por esto están en su punto de mira. En Palestina esta estrategia empezó el 1991con las negociaciones que condujeron al acuerdo de Oslo. Aquella "paz" no puso freno a la ocupación (al contrario, la colonización de Gaza y Cisjordania siguió avanzando) ni dio salida a ninguna de las reivindicaciones fundamentales del pueblo palestino (liberación de los presos, retorno de los refugiados, libertad de movimientos, acceso al agua, etc.). El único resultado real de aquel proceso fue la liquidación de la Intifada con la creación de una Autoridad Palestina, blindada con toda clase de fuerzas de seguridad, que debía encargarse de imponer por la fuerza un acuerdo que acababa legitimando el estado de Israel y el encarcelamiento del pueblo palestino en bantustanes aislados sin ninguna salida. La contrapartida para Arafat y su cohorte de burócratas eran grandes privilegios económicos, y policías, entrenados por los servicios de seguridad israelíes y nortemericanos, para defenderlos. Tanto Hamas como la izquierda palestina se enfrentaron a estos acuerdos y quedaron fuera de la Autoridad Palestina (AP), a quien consideraban un organismo creado por la ocupación. Hoy esta naturaleza es todavía más evidente: con un gobierno que los palestinos no han elegido y que opera al dictado de EE.UU. e Israel y con sus armas para imponerse. La AP no ha sido un avance parcial en la liberación de Palestina sino una gran trampa y un instrumento para consolidar la ocupación. Hay que rechazar el nuevo gobierno palestino porque es del todo ilegítimo y recordar que el legitimado para gobernar es Hamas, porque ganó las elecciones. Pero, más allá de esto, la situación actual ratifica que en el marco de los acuerdos de Oslo resulta imposible avanzar en la liberación de Palestina y que la AP no es nada más que una institución de la ocupación. Disolverla, para dejar la responsabilidad de gestionar las necesidades básicas de la población al ocupante (que es a quien le corresponde esta obligación) y volver a los organismos de lucha de la resistencia desde abajo en marcos unitarios es el único camino para avanzar de verdad hacia la liberación de Palestina. Islamismo y resistencia Hace treinta años EE.UU. e Israel favorecían la expansión del islamismo en Palestina como contrapeso a la dirección laica de la resistencia, pero Hamas acabó escapando a su control. Hoy Hamas y Hezbollah son obstáculos a los planes imperialistas. Ya ha empezado la campaña para justificar la asfíxia de Gaza bajo el pretexto que se ha convertido en "Hamastán". Ocurrió lo mismo hace diez años en Argelia cuando el Frente Islámico de Salvación (FIS) ganó la primera vuelta de las elecciones y había que justificar el apoyo de Francia con todos gobiernos europeos y EE.UU. al golpe de estado militar que evitó que los islamistas llegaran al gobierno. Entonces una gran parte de la izquierda justificó esta política a nombre de los derechos de la mujer y la defensa de la democracia, cuando el principal peligro era dar el poder a un ejército al servicio del imperialismo para garantizar la venta de las reservas de gas en Europa. Aquello no trajo ni la paz ni la democracia al país, sino una secuencia de matanzas brutales, a menudo a manos del mismo ejército para justificar la continuidad de la represión... y un crecimiento del islamismo no sólo en Argèlia sino en todo Magreb. Hamas plantea sin duda un proyecto reaccionario de islamización de la sociedad que tiene consecuencias nefastas dentro de Palestina, pero ¿el bloqueo y el golpe de estado son el mejor camino para detenerlo? A la luz de lo que ha ocurrido en Gaza en el último año o de la situación actual en Irak, la respuesta es no. Cuando el imperialismo reprime a Hamas en Palestina o a los chiitas en Irak y todo se conduce hacia el terreno del enfrentamiento militar, las fuerzas que desde dentro podrían levantar una alternativa quedan anuladas y sin margen de actuación, y el islamismo acaba apareciendo como la única alternativa para dirigir la resistencia. Está por ver qué camino toma ahora Hamàs. Muchos en Gaza temen que se atrinchere en los centros de poder político y militar de la Autoridad Palestina en la franja (manteniendo la ficción de que pueden utilizar el marco de Oslo para demostrar su capacidad de gobernar y a la vez avanzar en la liberación nacional), mientras impone su "agenda social" basada en la ley islámica. Imponer su orden y reducir toda la lucha al choque armado con Israel sólo profundizaría la división interna y dejaría fuera de la resistencia a la mayoría de la población. Al contrario, la alternativa para superar la situación actual es recuperar el marco más unitario de rechazo a los acuerdos de Oslo y reconstruir la organización popular de la primera Intifada, la única que ha llegado a poner Israel contra las cuerdas. Israel no negocia, avanza El estado de Israel es por su naturaleza racista y expansionista y, como base militar del Imperialismo en una zona estratégica, tiene una fuente casi inagotable de recursos para imponer su proyecto sobre el terreno. Siempre ha funcionado en base a una política de tierra quemada y de hechos consumados. Por eso es por lo que la política de la jerarquía de Fatah, por mucho que se ha esforzado a hacer concesiones para llegar a acuerdos, no ha conducido a ningún avance real para el pueblo palestino. Si Israel hubiera querido llegar a un acuerdo, habría negociado con Abu Mazen antes de que arriesgarse a un triunfo electoral de Hamas. Incluso tras las elecciones, habrían hablado con Ismail Haniye, primer ministro de Hamàs, que había empezado a entrar en el juego de Oslo. En una reciente entrevista concedida al diario francés Le Figaro (15/6/2007) Haniye declaraba "nuestro programa está claro. Queremos la creación de un estado sobre las fronteras del 67, es decir a Gaza y Cisjordania, con Jerusalén este como capital.(...) Nos comprometemos a respetar todos los acuerdos anteriores firmados por la Autoridad Palestina". Pero Israel no quiere negociar. No busca un interlocutor "moderado" (es decir "obediente") con quien llegar a un acuerdo a la baja. Quiere destruir Palestina y por ello su política lleva sólo a promover la división y el enfrentamiento interno entre los palestinos. Siempre acaba "quemando" todas las opciones: lo hizo con Arafat y después con Abu Mazen. Ahora el gobierno de emergencia ha nacido tocado de muerte por las declaraciones de apoyo, la financiación y las armas que le llegan claramente a ojos de todos desde Israel y EE.UU.. Figuras como las de Marwan Bargouthi, el líder de Fatah con más popularidad porque representa el sector que más se ha enfrentado a la ocupación con las armas a la mano, podría ser el próximo: algunas voces en Israel hablan de liberarlo para "dar legitimidad y apoyo popular al gobierno" y él, desde la cárcel, ya ha apoyado el golpe de estado contra Hamas. Sin excusas Los escenarios de futuro que se plantean en Gaza son nefastos: se habla de una intervención militar directa de Israel sobre la franja (el nuevo ministro de Defensa Ehud Barak ha presentado un plan para desplazar a 20.000 soldados a la frontera); quizás la opción es esperar a generar una situación de caos, impulsada por la miseria que aumentará con el bloqueo reforzado sobre la franja, para justificar una invasión internacional bajo el paraguas de la ONU o la OTAN. Sea cómo sea, todos los escenarios beneficiarían a Israel. Hoy la solidaridad internacional con el pueblo palestino es más urgente que nunca y pasa por exigir el levantamiento del bloqueo (del que participa también el gobierno Zapatero), que no busca la aniquilació del islamismo sino sofocar la resistencia. A la vez es necesario todo el apoyo a las organizaciones obreras y populares, como la Unión Independiente de Comités de Trabajadores Palestinos, que siguen luchando contra la ocupación y por una Palestina dónde se respeten los derechos de los trabajadores. Lo que no se vale es buscar la excusa de la falta de una alternativa clara en el camino desastroso que han emprendido las direcciones de la lucha palestina para quedar en silencio.
Julio 2007
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